En redes sociales circulan publicaciones alarmistas que aseguran que el Gobierno quiere censurar internet, controlar las cuentas de toda la población o impedir que niñas, niños y adolescentes utilicen la tecnología.
Pero la discusión real es otra.
México analiza posibles reglas para proteger a menores frente al uso excesivo y sin supervisión de celulares, plataformas digitales y redes sociales. Todavía no existe una ley federal definitiva: se realizarán foros con familias, docentes, especialistas y jóvenes antes de elaborar una propuesta formal.
También existen iniciativas legislativas independientes. Una de ellas propone que las plataformas incorporen controles parentales, mecanismos para denunciar ciberacoso y contenido sexual o violento, así como la posible restricción de redes sociales para menores de 14 años y el uso supervisado entre los 14 y 17. Sigue siendo una propuesta sujeta a discusión, no una prohibición vigente.
Acceso a tecnología no significa acceso ilimitado
Una niña o un niño puede utilizar internet para aprender, realizar tareas, comunicarse con su familia o desarrollar habilidades digitales sin necesitar un teléfono inteligente propio, completamente privado y disponible durante todo el día.
Tampoco necesita una cuenta personal en cada red social para aprender a usar la tecnología.
Una computadora familiar, una tableta compartida o un dispositivo con aplicaciones adecuadas para su edad pueden cumplir funciones educativas y de comunicación sin entregar acceso libre a desconocidos, algoritmos y contenidos que los adultos ni siquiera alcanzan a supervisar.
La propia SEP ha señalado que el objetivo no es regresar a una época sin tecnología ni demonizar los dispositivos, sino construir entornos más sanos, con alfabetización digital, acompañamiento y límites adecuados.
¿Cuál es el problema actual?
Las plataformas no fueron diseñadas pensando principalmente en el bienestar infantil. Su negocio depende, en gran parte, de mantener a las personas conectadas, deslizando contenido, reaccionando y regresando constantemente.
En menores, el uso sin límites puede afectar la concentración, el rendimiento escolar, el descanso y la convivencia. También aumenta la exposición al ciberacoso, adultos desconocidos, engaños, retos peligrosos, contenidos sexuales, violencia, apuestas, estándares irreales de belleza y comparaciones constantes.
La Organización Mundial de la Salud encontró señales de uso problemático de redes sociales en el 11% de los adolescentes estudiados. Este comportamiento incluye dificultad para controlar el tiempo de uso, descuidar otras actividades y continuar conectado pese a sufrir consecuencias negativas. También se relaciona con menos horas de sueño, ansiedad, acoso, depresión y problemas académicos.
Eso no significa que las redes sociales sean la causa única de la ansiedad, la depresión, las autolesiones o el suicidio. Son problemas complejos en los que intervienen múltiples factores. Pero negar que el ciberacoso, la humillación pública, la presión social y el contenido dañino pueden agravar una vulnerabilidad previa también sería irresponsable.
¿Qué podría mejorar una regulación adecuada?
Una buena propuesta podría obligar a las plataformas a:
- mantener privadas por defecto las cuentas de menores;
- limitar mensajes enviados por adultos desconocidos;
- facilitar controles parentales verdaderamente útiles;
- impedir recomendaciones de contenido sexual, violento o relacionado con autolesiones;
- reducir herramientas diseñadas para generar consumo compulsivo;
- ofrecer mecanismos rápidos contra el ciberacoso;
- y crear experiencias diferentes según la edad del usuario.
El beneficio no sería simplemente reducir horas frente a una pantalla. También podría proteger la autoestima, el descanso, la atención, la seguridad y el bienestar emocional de niñas, niños y adolescentes.
¿Qué debemos cuidar?
Una restricción por edad no resolverá todo por sí sola. UNICEF advierte que algunos menores podrían mentir sobre su edad, utilizar dispositivos compartidos o trasladarse a espacios menos regulados. Por eso, las reglas deben acompañarse de educación digital, participación familiar y mayores obligaciones para las empresas tecnológicas.
También debe protegerse la privacidad. No sería aceptable exigir documentos, fotografías faciales o información biométrica de toda la población sin garantías estrictas.
Y la protección infantil nunca debe convertirse en pretexto para vigilar las opiniones de los adultos, censurar críticas políticas o controlar internet de manera general.
Aquí va el contexto
Esta discusión no debería plantearse como una batalla entre tecnología y aislamiento.
Tecnología, sí. Acceso personal, privado, ilimitado y sin acompañamiento desde edades tempranas, no necesariamente.
Un niño puede aprender a usar internet sin convertirse desde pequeño en consumidor permanente de algoritmos. Antes necesita desarrollar autoestima, criterio, autocontrol, relaciones fuera de la pantalla y la confianza para pedir ayuda cuando algo lo incomoda.
Cuidar la salud mental de niñas, niños y adolescentes va más allá de las decisiones individuales de cada familia. Nos corresponde a madres, padres, escuelas, autoridades, empresas tecnológicas y a quienes publicamos o compartimos contenido.
Si los adultos estableciéramos límites, acompañáramos mejor su vida digital y las plataformas antepusieran la seguridad al tiempo de conexión, probablemente el Gobierno no tendría que dedicar tantos esfuerzos a mitigar una actividad que ya está afectando a parte de nuestras juventudes.
Ellos son el futuro de nuestras familias, del país y del mundo.
Protegerlos no es apartarlos de la tecnología. Es enseñarles a utilizarla sin permitir que la tecnología termine utilizándolos a ellos.
